José se sabía un traidor. Pero no uno cualquiera, si no la cúspide misma (en una hipotética escala) del cagador, la hez misma de una sociedad ya de por sí maloliente.
Era algo que quizás no hubiera podido controlar, de haberlo querido. Pero, aún cuando quizás nunca lo reconoció, le producía un placer que nada en la vida se lo daba. Había vendido a su familia, le había robado la novia a su mejor amigo (y después la había engañado), y hasta le había robado aquellas alhajas a su abuela.
Y es que José hacía de su placer un arte; no muy fino ni delicado a veces, pero de una eficacia brutal.
Pero, claro, en estos tiempos hechos por el capitalismo global, una vocación no significa nada si no trae dinero. Y el problema es que ser un apóstata en estos días no sólo no está muy bien visto, si no que además ofrece pocos campos de acción.
Hubiera podido ser político, pero era un tanto cohibido para hablar en público, hasta un poco tímido. Como policía, tenía las puertas cerradas debido a su escasa estatura.
Y así, por un corto proceso de decantación, terminó dedicándose a la única otra cosa para la que la Naturaleza le había dado un poco de habilidad: se convirtió en jugador de fútbol.
Desde la novena división que había tenido claro su puesto: un “número 5” de contención, de marca áspera (no por nada le decían “el Guadaña”), pero a la vez, de buen trato con el balón. Solía proyectarse y abastecer de juego a sus compañeros más adelantados.
Y por supuesto, que mejor lugar que el trabajo para practicar la habilidad que nos hace felices. José no había sido una excepción en esto, y había comenzado desde muy temprano, cuando por un par de zapatillas nuevas, había quebrado al “Zurdito” Ramírez, aquel velocísimo 7 de Sportivo Urquiza, que prometía ser el mejor jugador de Paraná en muchos años, pero que ocupaba el puesto del hijo de un importante político.
La verdad es que ya no podía recordar cuantas veces se había vendido. Al principio por escasas monedas, luego por grandes sumas. Lo había hecho de todas las formas: jugando con desgano en algún partido trascendental, haciéndose expulsar por insultar al referí; incluso lesionando a propios compañeros durante los entrenamientos.
Se había dejado sobornar por todo tipo de individuos, incluso por tipos con intereses contrapuestos entre sí. Con todos había cumplido rigurosamente según lo estipulado (todo arte requiere de normas básicas, incluso la traición), y a todos había despreciado de la misma manera; no por el hecho de cometer un ilícito, si no por verlos en su aspecto más patético: el de necesitar de sus servicios. Nunca había sentido culpa, ni siquiera remordimientos.
Por supuesto, no duraba demasiado en ningún equipo. Pero, curiosamente, era querido en casi todos lados: normalmente era un buen aporte en cualquier equipo, y a eso había que sumarle que era un vendehumo de primera calidad. Así, fue forjándose una reputación de tipo querible.
Llevaba ya 2 años en el Deportivo, y sabía que a su carrera no le quedaba mucho más: los piques le resultaban cada vez más agotadores, y terminaba los partidos con mucha dificultad.
Pero aún así, era el jugador más querido del equipo; la hinchada le había dedicado varias veces un “oleeeee, oleeee, oleeee/Joseeee, Joseee”.
Pero desde que estaba en el Deportivo, algo raro le había pasado: no se había vendido. No porque no lo hubiera querido, no señor: simplemente, su equipo era lo suficientemente malo, como para perder los partidos sin necesitad de su aporte extra.
2 años sin recibir ni siquiera un puto cheque al portador por nada mínimamente raro. Hasta que llegó aquel sábado fatídico.
Se jugaban dos partidos en la ciudad. A primera hora, el Atlético vapuleaba a su rival por 4 a 0, y quedaba a 1 punto del campeonato. 2 horas después, el Deportivo caía 1 a 0, y quedaba en Promoción, a 3 puntos del descenso directo.
Por esos azares del destino, el fixture determinaba que en la última fecha, la siguiente, el Deportivo debía recibir al Atlético. Si se pensaba en la realidad de ambos equipos, se veía lo trascendental (dentro de algo tan banal como el fútbol) que resultaba el encuentro. Y si se aporta el dato de que el “Depor” era el clásico del Atlético, se comprenderá el nivel de las expectativas creadas en torno al partido.
Obviamente, ni lentos ni perezosos, los dirigentes del Atlético hicieron el llamadito correspondiente. En un barcito perdido, acordaron los términos: José recibiría 50.000 pesos, a cambio de hacerse expulsar a los 20 minutos del primer tiempo. Si no lo hacía…bueno, los dirigentes del Atlético eran gente pesada, cuanto menos.
El domingo tan esperado llegó, y la ciudad se encontraba revolucionada, al saberse dividida en dos mitades, igual de tensas, pero con distintas expectativas en cuanto al futuro. Desde temprano el estadio se iba llenando, y el calor subía más y más.
Cuando ambos equipos entraron al campo de juego, el griterío y el estallido fueron tales, que cuentan los que saben que no se veía algo así desde los últimos días de Sodoma y Gomorra.
José entró tranquilo, saludó a la multitud, y recibió la acostumbrada ovación. “Que tipos pelotudos, por Dios, cantarle a algo que no les da un carajo, emocionarse por un trapo”, pensaba, mientras aplaudía con las manos en alto.
Pero esta vez, en las tribunas había alguien que no había visto antes. En hombros de un padre eufórico, había un niño. No era un niño especialmente bello, ni bueno, ni siquiera amable. Pero José pudo verlo a los ojos durante dos segundos, y observar eso que lo conmovió: la admiración. La admiración por el ídolo.
De tan concentrado que estaba, ni siquiera fue muy consciente que había comenzado el encuentro. Y de entrada, en un torbellino de buen juego asociado, el Atlético marcó con un estupendo tiro de media distancia al ángulo, el gol que demostraba el porqué ellos peleaban la punta, y el Deportivo el descenso.
José sentía las piernas más pesadas que nunca. Sabía lo que tenía que hacer, y sabía lo que iba a pasarle si no cumplía. Lo que no sabía, es que por primera vez estaba sintiendo algo que el no hubiera podido identificar: sentimientos de honor, y respeto.
Preguntó la hora al banco de suplentes. 19 minutos exactos iban ya. Un minuto le quedaba para ir a buscar la falta. Y estaba en eso, cuando vio su oportunidad.
El “Changuito” Gómez. El hábil carrilero derecho del Atlético, y su principal generador de juego, a través de sus desbordes imprevisibles. Estaba ahí, a disposición de sus piernas. Una patada por abajo, de atrás, y un pisotón en el rostro después, y estaría todo hecho.
Y ahí fue, José, todo nervios y temores, por primera vez en su carrera. Miró bien la posición de Gómez, calculó con precisión, se tiró al piso…y se quedó con la pelota limpiamente. Salió jugando, y en el momento exacto que le metió el pase a su compañero, se cumplieron los 20 minutos.
Y José supo que esta vez, esa muy primera vez, iba a jugar porque quería hacer feliz a alguien, y porque él mismo quería ser feliz.
Tiempo después, Raúl Cubillas, el gran periodista radial, contó que jamás vió a un solo hombre levantar de manera tan radical a un equipo. Y es que José hizo todo lo posible: corrió, quitó pelotas, habilitó a sus compañeros. Y por eso, no fue de extrañarse que antes de que terminara el primer tiempo, el Depor llegó al empate.
Claro que nadie contó, que durante el entretiempo José estuvo cabizbajo, sabiendo cual iba a ser su futuro. Alguien entraría a su departamento mientras el estuviera durmiendo. Todo quedaría como un suicidio.
El segundo tiempo comenzó. Para este momento, la tensión acalambraba hasta al más voluntarioso. Solo José González, el veterano gladiador, corría como si fuera lo único posible en el mundo.
Los minutos transcurrían, y el empate hacía delirar a la parcialidad del Atlético, mientras que los del Deportivo se encontraban en el silencio más penumbroso, como preanunciando la tragedia.
Y el reloj seguía corriendo, y llegaron los 45 minutos. 2 minutos (quizás insuficientes) había dictado el árbitro.
Y llego el córner aquel. Típica jugada de final de partido, de equipo desesperado, si se la piensa. Centro a la olla del Deportivo, y uno de los defensores del Atlético que rechazó la pelota por la línea final. Por supuesto, hasta Marrazzoni, el arquero del Deportivo fue a cabecearla. Díaz, el juvenil lateral del local, fue quien pateó la jugada.
José vió venir la pelota. Impulsándose en unas imaginarias alas, voló hacia adelante, sintiéndose como un fénix post-moderno, renaciendo en ese partido. Alcanzó a cabecear la pelota antes de que esta saliera del campo de juego. Cuando el jugador rival más próximo alcanzó a percatarse de ello, el árbitro estaba pitando el final, y la multitud del Deportivo enloquecía.
Nunca vió el poste izquierdo del arco, se quiere creer. La misma inercia del movimiento, la que lo llevó a marcar el gol, lo llevó contra él. Los médicos dicen que por más que se lo hubiera tratado enseguida (si sus compañeros no se hubieran tirado encima de él para festejar), tampoco hubiera podido sobrevivir, porque murió con el propio impacto.
Nadie se notificó enseguida. El frenesí de la victoria (en los del Deportivo), y la tristeza del fracaso (en los del Atlético) era tal, que sólo segundos después se dieron cuenta de lo que pasaba.
José González, el gran capitán, el guerrero del mediocampo, yacía al pie del poste izquierdo. Vivió como un traidor, es cierto; pero murió como un verdadero ídolo.
Cuando buscaron en sus efectos personales, alguien encontró un cheque por una gran suma. Nadie entendió nunca que hacía eso allí, con las cosas del tipo que todos querían.
3 comentarios:
Ok, si, tal vez vuelva a escribir. Por ahora, sólo necesitaba descargarme. Creo que eso me excusa de cualquier crítica por lo mal-escrito y desprolijo que está. Gracias.
"José se sabía un traidor. Pero no uno cualquiera, si no la cúspide misma (en una hipotética escala) del cagador, la hez misma de una sociedad ya de por sí maloliente.
La verdad es que ya no podía recordar cuantas veces se había vendido.
Pero desde que estaba en el Deportivo, algo raro le había pasado: no se había vendido. No porque no lo hubiera querido, no señor: simplemente, su equipo era lo suficientemente malo, como para perder los partidos sin necesitad de su aporte extra. 2 años sin recibir ni siquiera un puto cheque al portador por nada mínimamente raro. Hasta que llegó aquel sábado fatídico.
Lo que no sabía, es que por primera vez estaba sintiendo algo que el no hubiera podido identificar: sentimientos de honor, y respeto.
Supo que esta vez, esa muy primera vez, iba a jugar porque quería hacer feliz a alguien, y porque él mismo quería ser feliz.
Vivió como un traidor, es cierto; pero murió como un verdadero ídolo."
esto es lo que me quedó como lo más relevante del texto.
ahora, intuyo que esto tiene algún significado oculto que estoy intentando descubrir... pero quien sabe... quizás no lo tenga...
ESTE ME ENCANTOOOOO
GROSSO JOSEEEE GROSOOOO
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