miércoles, abril 14, 2010

Robotculposo (Las Hormigas)


El gato destripaba con mecánica precisión el cadáver de una paloma, que había sido lo suficientemente imbécil como para detenerse más tiempo del debido en el mini-patio. Eugenia contemplaba la escena en silencio; mitad culposa, mitad deleitada con el horror. Pensó que podía establecerse una pésima analogía entre ella y su mascota, unidos ambos por un único punto en común: la (aparente) ausencia de dolor ante una muerte.

Claro está, que el gato parecía tener un mayor espectro de insensibilidad, ya que parecía odiar a todo ser vivo. Ella, en cambio, no era realmente despiadada frente al dolor ajeno. Pero lo importante, desde su óptica, era que no conseguía sentirse realmente mal por la muerte de Gastón. Por supuesto que le dolía, que le jodía su ausencia; pero de la misma manera como hacen daño las muertes de esos seres más o menos queridos, como aquella tía medio lejana, o el kiosquero gordito de al lado. Pero, el problema era que Gastón había sido su esposo.

(Ella no lo sabía, pero exactamente un año después, mientras estuviera lavando la ropa, iba a sentir un dolor algo más algo más intenso, pero sólo durante unas dos horas. Tampoco tenía forma de intuir que un cáncer de colon iba a arrasar con ella a eso de los noventaypico de años. Pero, ¿de que importa contar lo que sucedió después, si lo que se quiere saber es su culpa en aquel momento?)

En el funeral (velorio no hubo, lo cual resultó un alivio) se había sentido bastante fuera de lugar. No como una completa extraña; eso era imposible, dada la considerable cantidad de tiempo que habían estado juntos. No, más bien se sentía como el personaje de Julia Roberts en “La Boda de mi mejor amigo”, o como aquel que vuelve del extranjero, y encuentra todo diferente e igual a la vez. Los intentos por consolarla la ponían sumamente nerviosa, ya que no tenía mucha noción de que es lo que se esperaba que hiciera. Ante la duda, optó por buscar dentro de sí la lágrima más copiosa que pudo. Mucho no le costó, ya que si bien no sentía plenamente el dolor debido, sí que la culpa por no hacerlo, la hacía considerarse como la mujer más espantosamente desamorada.

Un robot, una muñeca fría que no podía llorar la muerte de su marido como no fuera la muerte de cualquier tipo. Un ser despreciable, eso es lo que debía ser; eso es lo que ella creía de si misma. Quizás, entonces, convenga explicar el proceso que había llevado a tal situación, para poder comprender que Eugenia (en su infinitamente creativa vanidad, tan típica del homo sapiens) no era un monstruo.

Un punto decisivo, seguramente, fue el momento en que se conocieron. No importa el cómo, ni el donde, ni el porqué. Lo que realmente interesa, es que en poco tiempo estaban enamorados. Su relación, al menos en esos tiernos comienzos, fue de tan valiente y llena de lugares comunes, terriblemente cursi. Sin embargo, y como todo el mundo, se juzgaban a sí mismos como la única pareja que valía la pena nombrar.

Sus problemas frente al mundo, parecían salidos de la mente de algún guionista de esas novelas “mexicanas” (entendidas como género propio, independiente de la nacionalidad). El, padres liberales y católicos (pero-no-voy-a-la-iglesia), buena onda ambos, hasta que el muchacho decide ponerse de novio con una morochita de Barrio Paraná XIV. Ella, mamá y papá evangélicos, que odiaban la idea de tener nietos que no fueran obsecuentes al pastor. Padres posesivos, y formidablemente ignorantes como todos. Y ya es harto sabido, el ser humano frente a lo desconocido es capaz de exponer sus mejores porquerías a la luz.

Su amor, entonces, se convirtió en lucha. Silenciosa y metódicamente fueron sufriendo el proceso de quitar prejuicios propios y ajenos. Finalmente, luego de muchas marchatrásymarchaadelante consiguieron ser aceptados, pero ya era tarde. Habían peleado tanto, que de tanto amor, sólo les quedó el espíritu combativo. Quizás ése es justamente el gran defecto de las novelas mexicanas: nadie dice lo que pasa después del final; nadie dice que luego de superar a la ex novia con el falso embarazo, y al ex novio psicópata y feo, la cieguita curada empieza a hartarse el príncipe estanciero y empalagoso.

Para el momento de su casamiento (es decir, cuando ya empezaban a percibir que no tenían nada más porqué pelear) vivían detrás de una gran máscara. El trato comenzaba a ser insultantemente cordial.

El gato se había aburrido, y había dejado el cadáver tirado, mientras un grupo de hormigas avanzaba decididamente hacia él. Eugenia pensó que debería recogerlo, pero prefirió seguir en esa extraña contemplación de té con leche a las 6 de la tarde.

Simplemente se fueron distanciando, pese a convivir bajo el mismo techo. Ninguno de los dos se hubiera animado a engañar al otro, ni habrían sido capaces de maltratarse. Preferían evitarse en la intrascendencia, porque ya no veían el sentido de “conflictuarse” mutuamente. Muy curiosamente, sus salidas fueron diametralmente opuestas. Eugenia prefirió recluirse en la casa, con una suerte de asceta con mística de Internet; él, buscó esconderse en el mundo, más amplio y lleno de sutilezas. Gastón se convirtió en “Gastón”; ya no era ni “mi amor”, ni siquiera “Gasti”. Gastón, como el apenas conocido que era.

Los silencios se fueron haciendo parte cotidiana de sus escasos momentos de contacto. Ya no veían la necesidad de mentirle al otro, de buscar la felicidad en el otro. Y es que el motivo quizás hubiera sido un tanto ridículo. Los silencios, el silencio, el vacío.

El incidente nunca quedó realmente claro. Hay quienes dicen que el colectivo venía demasiado rápido. Y el chofer declaró que Gastón cruzó sin mirar, que en esa calle no es posible frenar de golpe. Eugenia pensaba que podían ser ambas cosas a la vez, pero que no importaba demasiado, de cualquier manera, en tanto su esposo estaba muerto, su cráneo destrozado.

¿Porqué iba a sentirse especialmente apesadumbrada, entonces, por tan absurda muerte de un casi-extraño? Sólo podía elaborar el duelo mínimo que nos impone la naturaleza frente a un hecho horrendo. El que le tocaba por la muerte de su pareja, ya llevaba mucho tiempo de realizado.

Las hormigas (que todo devoran, que todo arrasan en su constante pequeñez) comenzaban a devorar los despojos del ave. Una tras otra, en una aparentemente infinita fila india, iban llevándose su partecita de paloma, su pedacito de cuerpo muerto. Cuando quiso ir a limpiar, tan sólo quedaba un esqueleto, un armatoste irreconocible, en un patio vacío.


lunes, abril 05, 2010

Los Celos.



Alguna vez te tenía que pedir perdón. Porque lo que hice estuvo mal, fue un acto deleznable e inmoral; pero fundamentalmente por mí mismo. De hecho, es muy poco probable que alcances a leer esto, dada la cantidad de campos, ríos y horas que nos separan. Pero es que casi nunca se pide perdón buscando remedar nuestras acciones (y nunca funciona así, en realidad). No, lo hago por mí mismo, para tranquilizar mi conciencia. Es esto, o convertir los estupefacientes en algo diario, y limitarme a esperar una muerte absurda, en su lentitud.

Confieso que en aquel momento te odié mucho, Alejandro. O al menos sentí que odiaba, que te detestaba, que quería hacerte mal de todas las formas posibles. Más de una vez imaginé tu cadáver, tu cuerpo hermoso en un charco de sangre, y yo con una sonrisa espantosa ante el crimen imperfecto.

Pero es que tenía mis motivos para querer defenestrarte así: vos poseías algo que no merecías, ni comprendías, y lo injuriabas con tu conducta. Y el problema es, que ese algo me poseía sin saberlo, desde hace tiempo. Y ahora pienso que capaz vos sí lo sabías, y por eso hiciste lo que hiciste.

La vi por primera vez, el mismo día que vos; esa primer jornada de algún año de secundaria. En una mirada primigenia no me pareció la gran cosa. Hasta te diría que no me gustó, tan darkie ella y yo tan nativo de Los Cuises. Pero segundos después, la pude ver de perfil, bajo la luz de ese vitral sucio. Ella miraba la clase sin prestar atención, y hacía dibujitos toscos. Era perfecta. Su nariz, su boca masticando chicle, su pelo lacio, sus tetas grandes, su, su, su. Su todo. Ella ERA el todo. Resolví en ese mismo momento intentar conquistarla.

Pero poco pudo durarme la ilusión. Enseguida te vi: vos también la observabas, con menos admiración y más deseo que yo. Y al momento supe lo que podía pasar: o me seguía enamorando ciegamente de ella, y veía como vos te la ibas a apropiar de cualquier forma (porque sí, vos eras Alejandro, el morocho-alto-barbudo-pijudoyencantador, y yo Rodrigo, el rubio-flaquito-tequierosólocomoamigo). O podía resignarme, y aceptar mi destino de amigo simpático de la pareja.

Como lo había previsto, así se dieron las cosas. Ella se convirtió en tu novia, y yo en su mejor amigo. Pero, por supuesto nunca pude pensar en ella sólo como amigo. Por eso empecé a actuar raro, por eso me convertí en el adolescente escandalizador del pueblo. Por eso cuando salía con ustedes me embriagaba hasta la médula, y por eso buscaba cogerme cuanta minita se me cruzara. Demás está decir que sufría como un cerdo su compañía de pendejos felices, calientes y pseudo-enamorados.

El tiempo, por ser invento, quizás sea la única cosa inexorable en este mundo inestable. Y cuando nos tocó, empezó a gestarse la hecatombe. Vos y yo nos fuimos a la ciudad, buscando entender al universo mediante el estudio de la física. Ella, indecisa, se quedó a estudiar, quería ser maestra jardinera.

Los primeros meses conseguimos alcanzar cierta estabilidad; precaria, como se demostró cuando se puso a prueba, pero estabilidad a fin de cuentas. Los dos estudiábamos juntos, íbamos a la facultad juntos, repudiábamos al mundo juntos, y nos volvíamos los fines de semana al pueblo, juntos.

Está claro (o al menos ahora que lo observo a la distancia, que ya no sé si aclara u obscurece) que tal orden de cosas no iba a durar demasiado. Vos empezaste a hacer amigos en la pensión, en la facultad, en todos lados. Yo, por otro lado, me recluía cada vez más en mí mismo, y en el estudio. Y poco a poco empezaron a surgir los abismos.

La primer señal de alarma fue cuando me anunciaste que ese fin de semana te quedabas, que te la vigilara a Adriana, “jeje”. Me pusiste la excusa de que “me quiero quedar solo, a estudiar”, y bla bla. ¡Estúpido! Si vos no estudiabas nunca, eras un chanta que gastaba dinero de sus padres. Nunca fuiste muy bueno para mentir, tus engaños siempre fueron de medio pelo.

Reconozco, que igualmente, me alegré. Ese fin de semana la tuve a Adri sólo para mí; y pude regodearme en su charla ácida post-porro. Pero las siguientes semanas, su semblante se fue poniendo más sombrío. Sabía que nunca me lo iba a decir, pero empezaba a preocuparla tu ausencia, pese a los SMS pedorros que le mandabas.

Ahí fue cuando te comencé a rechazar. Creo que incluso te quería más que antes, al momento, porque la hacías feliz. Pero no podía superar que le quitaras la campana de su risa.

Y toda tragedia, tiene su punto de inflexión; la nuestra fue aquel 4 de agosto. Mis viejos por fin habían decidido sacarse la careta de “matrimonio perfecto”, y comenzaban una torpe guerra de insultos que terminaría en ése estrepitoso divorcio, y en mis 5 insoportablemente superficiales hermanastros. Así que decidí quedarme en Córdoba, para evitar ser un objeto más en sus batallas de desamor.

Cuando te lo anuncié, vos (lógicamente) te pusiste nervioso, te enojaste, fingiste alguna boludez, y te fuiste a fumar al balcón. Cuando volviste, por primera vez en tu vida (quizás la única) fuiste franco:

-Rodrigo, soy gay-me dijiste.

La noticia, por algún motivo no me sorprendió. Recité mi clásico discursito de la tolerancia, nos abrazamos, y vos me explicaste lo obvio: que tenías un tipo fijo con el cual garchabas seguido, que era enfermero, que iba ir esa noche a casa, que Damián era un divino.

Cayó tipo 9, te saludó con un beso a vos, y la mano firme a mí, y se preparó un fernet. Y la verdad es que era un morocho simpático, lindo, falso como vos. Miramos “Apocalipsis Now”, y los observaba con una sonrisa; pero para mis adentros, y muy a mi pesar, pensaba que eras un puto. Un puto de mierda, asqueroso, enfermo. Yo que siempre había defendido la causa L.G.B.T, que participaba en actos, odiaba a alguien por su elección sexual.

No, Philip Morris no me gusta, ahora bajo un toquecito y compro unos Marlboros, si, está todo bien. Bajé por el ascensor, y empecé a errar por las calles. Traté de apaciguarme, de racionalizar la situación. Pero el es gay, no está mal eso. No, no está mal. Pero cagarla así a Adriana, eso sí está mal.

Por suerte, o por desgracia, tenía plata en el bolsillo, y un colectivo a punto de salir de la terminal que pasaba por Los Cuises. No sé cuantas horas después bajaba en la ruta.

Caminé hasta el pueblo, y ella ya me estaba esperando en la plaza, según lo convenido. Le conté todo, con detalles exagerados inclusive. La dejé llorando, y fui a contárselo a un par más de conocidos. Al otro día, todos sabían ya que Alejandro Ismael Martínez Ruhl, era puto.

Sí, debería pedirte perdón, y a ella también. Estuvo muy mal mi acto. Vos nunca pudiste volver al pueblo, ni verme a mí, y tuviste que cambiarte de pensión, mientras tus caretas padres te seguían mandando plata, para que nunca volvieras, a ver si los echaban del Rotary Club. Creo que nunca, de todas formas, aceptaste reconocerlo, y por eso fue que te casaste con una barbie de centro-izquierda. Pobre cornuda feliz.

A ella la vi sólo una vez, casi de casualidad, hará 5 años. Es profesora de inglés, y la vida la marchitó y amargó.

Yo, mientras tanto, doy clases en una escuela técnica. Sigo solo, pese a alguna pareja ocasional, que invariablemente me deja (por lo general, mi pesimismo tiene la culpa).

Pero ahora puedo ver las cosas más claramente. No hice lo que hice, por un sentido interno de justicia, ni siquiera por estar tan enamorado de ella.

No, imbécil, no. Fue verte con otro lo que me enervó. Fue verte besar a otro tipo lo que me enfureció, lo que me motivó a actuar. Lo hice por nosotros. ¡Yo era quien debía besarte! ¡Yo era quien merecía cogerte, acariciar tu cuerpo tostado! Te amaba, te deseaba, cabeza de chorlito, te amaba más que a ella, inclusive.

Y nos cagaste, a los dos. Veinticinco años pasaron ya, y todavía sigo pensando en tu cabeza enrulada, en tus brazos que nunca me abrazaron.

Mi Ale, mi negro hermoso. Perdón por todo…pero los celos, los celos son así.

martes, marzo 30, 2010

Rats

Iban a venir esa noche, no le cabía ninguna duda. Y cuando lo encontraran (y no importaba lo que pudiese hacer, LO HARÍAN) sería terrible.

En avenida Almafuerte, el frío iba y venía en oleadas zigzagueantes que seguían el paso de los camiones. Técnicamente no era frío; de hecho era un viento más bien cálido, y levemente rancio. Pero a Roberto no dejaban de acosarlo los escalofríos.

O quizás era la fiebre, ésa que sólo provoca el miedo más visceral. ¿Fiebre? ¿Pero porqué fiebre? ¡Si el estaba sano! Pero ahí estaba.

Calculó el tiempo, tenía más o menos 25 minutos hasta que viniera el próximo 22. Encendió un cigarrillo, el 9º del día. Poco, quizás, pero para sus costumbres habituales era todo un récord. Ya ni pensaba en su salud, ni en su cuerpo, carcomida carcasa de su mente que divagaba.

Buscaba señales que le dieran pistas sobre lo inevitable. Pero que sentido tiene, digo, si al final va a pasar de cualquier manera. Y que se yo que sentido tiene, pero lo necesito. Nunca la utilidad de algo me detuvo en buscar lo que quería, menos ahora.

Pero la tarde-noche estaba poco dispendiosa en cuanto a augurios. Apenas un grupo de borrachines tomaban cerveza de muy poco probable buen sabor. Todo lucía de la misma manera que él suponía debía ser lo normal: las luces iluminaban poco, el asfalto largaba el calor habitual a través de la tierra que se acumulaba sobre él, y el Hipódromo detrás seguía obsequiando el mismo olor a bosta podrida de siempre.

Sabía que podían llegar a tomar disfraces imprevisibles. Podía ser un perro de la infancia, o aquel gordito de la otra cuadra que solía pegarle en la infancia. Lentamente, mutaban su forma en otra más violentamente melancólica, que violaba las emociones más tristes. Eran capaces de los recursos más viles, para sigilosamente asesinar (cuanto menos por un rato) el alma más valiente.

Y carajo, que eran indomables. Uno les podía intentar oponer alguna resistencia, y no faltaba quien declaraba haberlos vencido. Pero íntimamente, todos-en-Roberto sabían que sólo con una leve caricia las bestias podían humillarlos.

Un colectivo se veía a lo lejos. ¿Sería acaso, el de Colonia Avellaneda? Con desazón pensó en la posibilidad de ser alcanzado en el colectivo. No tenía ganas de mostrar su patetismo, al menos no a desconocidos.

Y atrás del coche los vio. Avanzaban a ritmo pesado, pero veloz, como un loco elefante surgido de algún Hades personal. Venían en la forma de una tarde particularmente feliz, una tarde de playa, de unos seis meses atrás. Quiso, pero no quiso gritar. El autobús pasó veloz a su lado, y el se dispuso al embate lo mejor que pudo.

Los sintió transformarse, volverse en formas entrañables, adorables, pero horrendas de tan dolorosas. Una ebriedad con final feliz, una fogata de verano, hasta un partido de fútbol por televisión. Lo golpearon como un puñetazo del mejor peso pesado, y se dispersaron a través de su carne como cristales rotos. Los sintió en cada fibra, abriéndose camino y desangrándole.

Para su sorpresa, fue increíblemente rápido. Los sintió irse, perderse en una nebulosa de humo de caño de escape. Sintió los huecos que le quedaron, sintió los vacíos que los malditos le causaron.

Pero una suerte de hálito feliz lo invadía. Poco a poco, empezó a comprender lo sucedido. Razono el porque, y entendió su nueva libertad. Y entonces supo que las bestias sólo eran un mal necesario, la única vía que se tenía para darle un nuevo camino.

Tiró la colilla de su cigarrillo. Suspirando, sonrió encantado, y se dirigió al kiosco; tenía que comprarse un trago. Total, para el próximo colectivo faltaban 40 minutos todavía…

miércoles, marzo 24, 2010

Los Murciélagos del 24


Los murciélagos se alzaban en su vuelo errante (pero deliberado), como por millones de años lo habían hecho, buscando insectos desprevenidos; ignominiosamente ignorantes de los asuntos humanos, como una suerte de Dios alado y retrasado.
Y quizás los humanos allí debajo no eran mucho más conscientes que ellos de sus propios actos. Muchos de ellos, quizás la mayoría, simplemente se dedicaban a arrastrarse y parlotear sílabas, mientras aspiraban aire nocturno mezclado con humos de todo tipo.
Pero eran muchos los humanos. Docenas; cientos, inclusive. Reunidos allí: juntados allí, por un asunto terrible, profundamente trágico. Y es que ya de por sí es corta, y triste (al menos en su fin último) la existencia de este tal género bípedo, como para que entre ellos mismos la tornen aún más breve, y aún más desgraciada...
Estos humanos, ya se dijo, tenían este motivo trágico para estar reunidos en la noche (aparentemente) apacible. Y el origen de esta razón para el congregarse, estaba a 34 años atrás en el tiempo. Ese día, un grupo de homúnculos había considerado necesario derrocar a un gobierno (injusto, impopular, y ciego, pero legítimo). Y para colmo de males, a lo Bismarck, a sangre y fuego, se mantuvieron 6 años más en el poder. 6 años largos, días donde no les quedó, probablemente, fechoría aberrante alguna por cometer.
Y ahora estaban ahí los jóvenes y no tan jóvenes, junto como Natura (felizmente) los condena, rememorando el horrendo suceso. Y sí, es probable, quizás no todos comprendieran su magnitud; y ahí la razón de ciertos rostros despreocupados, rostros ciegos como el de los murciélagos.

martes, marzo 16, 2010

Reedición

Todas Barbies. Todas perfectas, todo maquillaje.

Todas rubias, todas flacas, todas tetas. Todas culo-paradito.

Todas putitas (pero sin orgasmo). Todas daddy’s girl, infancia eterna, irresponsabilidad y desdén.

Todas anorexia, de carne, y de pensamiento.

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Todos músculos. Todos grosos, todos altos.

Todos ojos claros (y truchos).

Todos Lacosté, todo marca. Todos exitosos e insípidos hasta la muerte por aburrimiento.

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Todo tapar vacíos, todo esconder el propio horror a la nada detrás de la ostentosa fachada, como esas casas antiguas llenas de ratas y mugre.

Todos, todos, TODOS.

Tantos todos, y tan pocos Unos.


(no me acuerdo cuando escribí esto, pero era bastante adolescente; es lo mejor que puedo ofrecer con fiebre)

viernes, marzo 12, 2010

José, "el Guerrero" González.

José se sabía un traidor. Pero no uno cualquiera, si no la cúspide misma (en una hipotética escala) del cagador, la hez misma de una sociedad ya de por sí maloliente.

Era algo que quizás no hubiera podido controlar, de haberlo querido. Pero, aún cuando quizás nunca lo reconoció, le producía un placer que nada en la vida se lo daba. Había vendido a su familia, le había robado la novia a su mejor amigo (y después la había engañado), y hasta le había robado aquellas alhajas a su abuela.

Y es que José hacía de su placer un arte; no muy fino ni delicado a veces, pero de una eficacia brutal.

Pero, claro, en estos tiempos hechos por el capitalismo global, una vocación no significa nada si no trae dinero. Y el problema es que ser un apóstata en estos días no sólo no está muy bien visto, si no que además ofrece pocos campos de acción.

Hubiera podido ser político, pero era un tanto cohibido para hablar en público, hasta un poco tímido. Como policía, tenía las puertas cerradas debido a su escasa estatura.

Y así, por un corto proceso de decantación, terminó dedicándose a la única otra cosa para la que la Naturaleza le había dado un poco de habilidad: se convirtió en jugador de fútbol.

Desde la novena división que había tenido claro su puesto: un “número 5” de contención, de marca áspera (no por nada le decían “el Guadaña”), pero a la vez, de buen trato con el balón. Solía proyectarse y abastecer de juego a sus compañeros más adelantados.

Y por supuesto, que mejor lugar que el trabajo para practicar la habilidad que nos hace felices. José no había sido una excepción en esto, y había comenzado desde muy temprano, cuando por un par de zapatillas nuevas, había quebrado al “Zurdito” Ramírez, aquel velocísimo 7 de Sportivo Urquiza, que prometía ser el mejor jugador de Paraná en muchos años, pero que ocupaba el puesto del hijo de un importante político.

La verdad es que ya no podía recordar cuantas veces se había vendido. Al principio por escasas monedas, luego por grandes sumas. Lo había hecho de todas las formas: jugando con desgano en algún partido trascendental, haciéndose expulsar por insultar al referí; incluso lesionando a propios compañeros durante los entrenamientos.

Se había dejado sobornar por todo tipo de individuos, incluso por tipos con intereses contrapuestos entre sí. Con todos había cumplido rigurosamente según lo estipulado (todo arte requiere de normas básicas, incluso la traición), y a todos había despreciado de la misma manera; no por el hecho de cometer un ilícito, si no por verlos en su aspecto más patético: el de necesitar de sus servicios. Nunca había sentido culpa, ni siquiera remordimientos.

Por supuesto, no duraba demasiado en ningún equipo. Pero, curiosamente, era querido en casi todos lados: normalmente era un buen aporte en cualquier equipo, y a eso había que sumarle que era un vendehumo de primera calidad. Así, fue forjándose una reputación de tipo querible.

Llevaba ya 2 años en el Deportivo, y sabía que a su carrera no le quedaba mucho más: los piques le resultaban cada vez más agotadores, y terminaba los partidos con mucha dificultad.

Pero aún así, era el jugador más querido del equipo; la hinchada le había dedicado varias veces un “oleeeee, oleeee, oleeee/Joseeee, Joseee”.

Pero desde que estaba en el Deportivo, algo raro le había pasado: no se había vendido. No porque no lo hubiera querido, no señor: simplemente, su equipo era lo suficientemente malo, como para perder los partidos sin necesitad de su aporte extra.

2 años sin recibir ni siquiera un puto cheque al portador por nada mínimamente raro. Hasta que llegó aquel sábado fatídico.

Se jugaban dos partidos en la ciudad. A primera hora, el Atlético vapuleaba a su rival por 4 a 0, y quedaba a 1 punto del campeonato. 2 horas después, el Deportivo caía 1 a 0, y quedaba en Promoción, a 3 puntos del descenso directo.

Por esos azares del destino, el fixture determinaba que en la última fecha, la siguiente, el Deportivo debía recibir al Atlético. Si se pensaba en la realidad de ambos equipos, se veía lo trascendental (dentro de algo tan banal como el fútbol) que resultaba el encuentro. Y si se aporta el dato de que el “Depor” era el clásico del Atlético, se comprenderá el nivel de las expectativas creadas en torno al partido.

Obviamente, ni lentos ni perezosos, los dirigentes del Atlético hicieron el llamadito correspondiente. En un barcito perdido, acordaron los términos: José recibiría 50.000 pesos, a cambio de hacerse expulsar a los 20 minutos del primer tiempo. Si no lo hacía…bueno, los dirigentes del Atlético eran gente pesada, cuanto menos.

El domingo tan esperado llegó, y la ciudad se encontraba revolucionada, al saberse dividida en dos mitades, igual de tensas, pero con distintas expectativas en cuanto al futuro. Desde temprano el estadio se iba llenando, y el calor subía más y más.

Cuando ambos equipos entraron al campo de juego, el griterío y el estallido fueron tales, que cuentan los que saben que no se veía algo así desde los últimos días de Sodoma y Gomorra.

José entró tranquilo, saludó a la multitud, y recibió la acostumbrada ovación. “Que tipos pelotudos, por Dios, cantarle a algo que no les da un carajo, emocionarse por un trapo”, pensaba, mientras aplaudía con las manos en alto.

Pero esta vez, en las tribunas había alguien que no había visto antes. En hombros de un padre eufórico, había un niño. No era un niño especialmente bello, ni bueno, ni siquiera amable. Pero José pudo verlo a los ojos durante dos segundos, y observar eso que lo conmovió: la admiración. La admiración por el ídolo.

De tan concentrado que estaba, ni siquiera fue muy consciente que había comenzado el encuentro. Y de entrada, en un torbellino de buen juego asociado, el Atlético marcó con un estupendo tiro de media distancia al ángulo, el gol que demostraba el porqué ellos peleaban la punta, y el Deportivo el descenso.

José sentía las piernas más pesadas que nunca. Sabía lo que tenía que hacer, y sabía lo que iba a pasarle si no cumplía. Lo que no sabía, es que por primera vez estaba sintiendo algo que el no hubiera podido identificar: sentimientos de honor, y respeto.

Preguntó la hora al banco de suplentes. 19 minutos exactos iban ya. Un minuto le quedaba para ir a buscar la falta. Y estaba en eso, cuando vio su oportunidad.

El “Changuito” Gómez. El hábil carrilero derecho del Atlético, y su principal generador de juego, a través de sus desbordes imprevisibles. Estaba ahí, a disposición de sus piernas. Una patada por abajo, de atrás, y un pisotón en el rostro después, y estaría todo hecho.

Y ahí fue, José, todo nervios y temores, por primera vez en su carrera. Miró bien la posición de Gómez, calculó con precisión, se tiró al piso…y se quedó con la pelota limpiamente. Salió jugando, y en el momento exacto que le metió el pase a su compañero, se cumplieron los 20 minutos.

Y José supo que esta vez, esa muy primera vez, iba a jugar porque quería hacer feliz a alguien, y porque él mismo quería ser feliz.

Tiempo después, Raúl Cubillas, el gran periodista radial, contó que jamás vió a un solo hombre levantar de manera tan radical a un equipo. Y es que José hizo todo lo posible: corrió, quitó pelotas, habilitó a sus compañeros. Y por eso, no fue de extrañarse que antes de que terminara el primer tiempo, el Depor llegó al empate.

Claro que nadie contó, que durante el entretiempo José estuvo cabizbajo, sabiendo cual iba a ser su futuro. Alguien entraría a su departamento mientras el estuviera durmiendo. Todo quedaría como un suicidio.

El segundo tiempo comenzó. Para este momento, la tensión acalambraba hasta al más voluntarioso. Solo José González, el veterano gladiador, corría como si fuera lo único posible en el mundo.

Los minutos transcurrían, y el empate hacía delirar a la parcialidad del Atlético, mientras que los del Deportivo se encontraban en el silencio más penumbroso, como preanunciando la tragedia.

Y el reloj seguía corriendo, y llegaron los 45 minutos. 2 minutos (quizás insuficientes) había dictado el árbitro.

Y llego el córner aquel. Típica jugada de final de partido, de equipo desesperado, si se la piensa. Centro a la olla del Deportivo, y uno de los defensores del Atlético que rechazó la pelota por la línea final. Por supuesto, hasta Marrazzoni, el arquero del Deportivo fue a cabecearla. Díaz, el juvenil lateral del local, fue quien pateó la jugada.

José vió venir la pelota. Impulsándose en unas imaginarias alas, voló hacia adelante, sintiéndose como un fénix post-moderno, renaciendo en ese partido. Alcanzó a cabecear la pelota antes de que esta saliera del campo de juego. Cuando el jugador rival más próximo alcanzó a percatarse de ello, el árbitro estaba pitando el final, y la multitud del Deportivo enloquecía.

Nunca vió el poste izquierdo del arco, se quiere creer. La misma inercia del movimiento, la que lo llevó a marcar el gol, lo llevó contra él. Los médicos dicen que por más que se lo hubiera tratado enseguida (si sus compañeros no se hubieran tirado encima de él para festejar), tampoco hubiera podido sobrevivir, porque murió con el propio impacto.

Nadie se notificó enseguida. El frenesí de la victoria (en los del Deportivo), y la tristeza del fracaso (en los del Atlético) era tal, que sólo segundos después se dieron cuenta de lo que pasaba.

José González, el gran capitán, el guerrero del mediocampo, yacía al pie del poste izquierdo. Vivió como un traidor, es cierto; pero murió como un verdadero ídolo.

Cuando buscaron en sus efectos personales, alguien encontró un cheque por una gran suma. Nadie entendió nunca que hacía eso allí, con las cosas del tipo que todos querían.

lunes, diciembre 01, 2008

¡Reapertura!

Ehm, si, más de un año sin escribir. No sé si tiene mucho sentido dar razones...tampoco sé si las tengo. Si fuera un tipo de más nivel diría que fue una "crisis creativa", o que "necesitaba conectarme conmigo mismo". Pero no, no me da para eso, así que soy sincero: tenia paja; no tenía ni putas ganas de escribir, y se me ha ido un poco el narcisismo, así que "no daba" (que útil estas frasecitas de la post-modernidá', che). Tuve un montón de oportunidades de hacerlo, pero no quise; incluso había fechas más convenientes, pero no. Mi desgano es más fuerte que lo que sea, y si a eso le sumamos mi capacidad de perder el tiempo...
Pero, bué, acá estoy. Más enamorado de Lula, gordo, bardero, poco afecto a demostrar intelectualidad, barrabrava y bestia que nunca. Al menos tengo una ventaja: al no haber escrito nada que merezca el apelativo de "bueno", las aún peores mierdas tediosas que escriba a partir de ahora no sorprenderán a nadie. Es más, creo que puedo llegar a provocar ternurita (?).
Saludos, energúmenos. ¡Bienvenidos otra vez a mi paraíso blogger! ¡Y que viva Ian Curtis!

jueves, noviembre 15, 2007

Relleno

Es sabido que cuando un blogger no tiene nada muy relevante que poner, tiene dos opciones: una razonable, que sería no poner nada hasta que se le ocurra una buena idea, o poner la primer boludez más o menos consistente que encuentre para rellenar y que le alaben el ego un poco. Por desgracia, esta condenada sub-especie humanoide suele preferir esta última opción. Y el autor de este blog, si bien es un ruin can, también es uno de ellos, y en consecuencia comete las mismas fechorías.
En este ocasión, ha decidido copiarles a los muchachos de "¿Que estás buscando?" (como más de uno ya lo ha hecho), y ha decidido publicar los criterios de búsqueda que utilizan ciertos desgraciados individuos, que por escasa suerte (y cierta malevolencia del dios Google) terminan cayendo en este nauseabundo cubil. A continuación, una selección de lo peorcito:
"sexhymen.com". El más frecuente entre todos los criterios. Cómo alguien puede terminar en mi blog buscando pornografía, no sé, pero bue, que los jeropas tienen derecho a vivir, también. (BONUS TRACK: Por alguna razón, se me ocurrió verificar si sexhymen.com existía. Si lo escribís bien, te lleva a Defloration. Da un poquito de impresión.)
"fotolog luciano pereyra" . No sé quien será, pero el/la hijo/a de puta que anda buscando eso, mejor que no se me cruce por la calle, porque soy capaz de meterle un palo con clavos hasta la laringe.
"barney en cuerpo completo". Jeropas, pero con mentalidad infantil.
"el condor es de sangre fria o caliente". Según Wikipedia, es un ave, por lo tanto de sangre caliente. Pero atenti, que a mi siempre me pareció muy pechofrío (?).
"gabriel vaschetto" . Y eso que yo le avisé...la DEA se avivó, y está buscando a cierto blogger amigo
"que animal catalogar como el perro del diablo". Y...'ta jodido, pero yo me la juego, entre el perro de Rodriguez Saá y el de Menem.
"el chavo del choto". ¿Pornografía mexicana?
"adolescente emocionalmente inestables". ¿¿EXISTEN los adolescentes emocionalmente ESTABLES??
"como hacer perros creativamente". Una de dos: o alguien quiere buscar la última pelotudez de Utilísima, o es un científico loco que está un poco aburrido.
"cantantes con panico a las inyecciones". Vista la cantidad de muertes por sobredosis en el mundo del rock, éste la va a tener bastante jodida para encontrar algo, eh.

Y de regalito, les meto un "cazajeropas" (idea afanada de Se Está Buscando Una Paliza):
CRISTINA
KIRCHNNER
TRAGÁNDOSE
UNA
GAROMPA
DE
TAMAÑO
KILOMÉTRICO



sábado, noviembre 10, 2007

De Colectiverii

Cuando uno viaja en el colectivo, ómnibus, bus, guagua, o como quieran decirle, puede llegar a vivir experiencias interesantísimas, algunas de ellas tan trascendentales que pueden llegar a afectar el rumbo de nuestra vida para siempre (sobre todo si se te ocurre tirarte de la ventanilla cuando el colectivo va todo lo que da por alguna avenida transitada).

Pero este vehículo social, este popular transporte del proletariado (ay, se me escapó el zurdito interno) no marcha ni se mueve solo. Está bien que sin los pasajeros no tendría razón de ser; pero su existencia misma no sería posible de no ser por un personaje central, muchas veces injustamente menoscabado: El Colectivero.

El Colectivero es eso que muchos quieren ser de chicos en la escuela primaria (nunca falta el párvulo de primer grado que declarar querer serlo “cuando sea grande”), pero pocas personas se atreven a realizar de grandes. Ser Colectivero (al menos, en Argentina) no es fácil; son horas y horas soportando viejas que no saben poner la tarjeta (o monedas), teniendo que escuchar a los tipos que no quieren pagar, a gente maloliente, etc.; baste decir que muchos están mas de 16 horas por día sentados en un mismo asiento: si eso no te estresa, ya llegaste al Nirvana, macho.

Pero no todos los colectiveros son iguales, claro que no. Existen sutiles diferencias, que hacen que podamos establecer alguna clasificación. Aquí, los principales elementos:

1-El Gordo Malhumorado

Este personaje reúne en sí todas las características y males del colectivero rioplatense, y es por lo general, el elemento más común. Rondando los 50 años (nunca menos de 40), puede llamarse Héctor, Raúl o Rubén, pero sus amigos le dicen indefectiblemente Cacho, o Tito. Panzón y con cierta calvicie (aunque conserva algunos pelos, que parecieran tener vida propia), El Gordo Malhumorado es la expresión misma del enojo. Siempre está enfadado por algo: un pibe que se sienta y apoya los pies contra el asiento de adelante, alguno que se sienta primero y paga después, o algún otro chofer. Es de conducir de manera temeraria, a velocidades impensables para esos carromatos; aún viéndolo de afuera, se puede saber que es él quien conduce: jamás frena para doblar (lo que hace que algunas veces se suba a la vereda), muchas veces deja pasajeros esperando “porque va apurado”, y hace ver al colectivo como una tromba diabólica, que avanza a un ritmo demencial. En caso de accidente, no tiene problema alguno en bajarse, y refiriéndose a la madre y todo el árbol genealógico del otro conductor, y romperle la cabeza a matafuegazos. De más está decir que odia su trabajo; de haber sido por él hubiera sido piloto de carreras, o torturador. A su favor se puede decir que es bastante eficiente, y que si uno tiene cierto apuro para llegar a algún lado, él es el indicado.

2-El Gordito Simpático

Las teorías dualistas afirman que toda cosa tiene su extremo opuesto. Con el Gordito Simpático y el Gordo Malhumorado pasa exactamente eso. El Gordito Simpático posee las mismas características físicas y sociales que el G.M: es panzón, tiene cerca de medio siglo vivido, es pelado, y también le dicen Cacho (o Cachito). Pero el G.S es la esencia misma del buen humor. Es aquel tipo que sí hizo realidad el sueño infantil de trabajar de chofer; otro trabajo sería impensable para él. Su relación con el resto del mundo no podría darse en mejores términos: siempre tiene una sonrisa para regalar, nunca le falta charla con quien sea. Si uno no tiene monedas para viajar, G.S es capaz de hacerle la gamba y dejarlo pasar igual. Para él, el mundo es un colectivo. Si te agarró el bajón, el Gordito Simpático es mejor que un psicólogo.

3-El Treintañero Canchero.

El Treintañero Canchero, como bien lo dice su nombre, es bastante joven. Pero no es ya un pendejo; pero eso él no lo quiere entender. En su cabeza, aún es un adolescente, y actúa en consecuencia. Su vestimenta es más o menos igual a la de todos los colectiveros (ya que el reglamento se lo pide): camisa, zapatos y jean. Pero él siempre tiene ciertos detalles: anteojos negros, infaltables y abundante gel, alguna pulsera “étnica”. Suele llevar su propia radio al colectivo, la cual sintoniza a todo volumen, informándonos a los pasajeros del ranking musical. Sus pasajero predilectos son las mujeres jóvenes; si son estudiantes con jumper, mucho mejor. Puede llegar a desatender totalmente el resto de los viajeros , y al mismo colectivo en sí, sólo por enfocar su vista en algún glúteo o por estar chamuyándose alguna empleada recién salida de trabajar. TC, de no ser colectivero, sería de esos locutores bananas que conducen programas radiales a la tarde, con nombres tales como “Los Mega Hits”. Es interesante viajar con él, ya que nos permite reírnos de sus patéticos intentos por negar su condición.

4-El Cara de Nada

Hay gente que en la vida logra pasar totalmente desapercibida. El Cara de Nada es un ejemplo perfecto. Por lo general tiene un nombre bastante inocuo, poco recordable, como Carlos, Juan, o en el mejor de los casos, Sergio. Flaco, medio rubión (pero no tanto, si no aunque sea merecería el apodo de “Gringo”), nadie logra recordarlo con facilidad, ni siquiera sus propios compañeros. Es difícil hablar de él, ya que tiene escasas cualidades que lo hagan resaltar. Suele ser bastante sobrio en su manera de vestir y conducir, y su relación con el resto del mundo es prácticamente inexistente: el se dedica a mover el colectivo de un lado a otro, con bastante precisión. No escucha música, y da la sensación, por alguna razón, de que es evangélico. De no ser colectivero, sería bibliotecario, o de esos que atienden los peajes. Si te peleaste con tu novia, o te echaron del trabajo, y encima el día está feo, un viajecito largo con C.deN te puede relajar bastante.

5- El Macaco Cumbiambero

Si esta clasificación fuera ordenada de acuerdo al nivel de “villerismo” & “grasitud”, Macaco Cumbiambero se llevaría el primer puesto por robo. La edad de M.C es lo de menos; su esencia villera trasciende toda frontera cronológica. Con un corte a lo Pedro el Escamoso en su pelo (morocho, pero por lo general, con una buena dosis de tintura barata), una dentadura bastante incompleta y un léxico que hace que Cervantes Saavedra se revuelque en su tumba, este individuo es la expresión misma de lo que es ser grasa. Su nombre tampoco importa, aunque sus amigos le dicen, sospechosamente, “Ganzúa”. El resto de los choferes lo quieren bastante, ya que nunca es falto de alguna anécdota por relatar. Su omnipresente estéreo, nos hace viajar acompañados de delicias musicales, como él último CD de Damas Gratis, o un compilado del romántico Leo Mattioli. Se supone que de no trabajar en el rubro de la conducción de automotores, en este momento estaría afanando alguna cartera en la calle, o en el mejor de los casos, vestido con un uniforme policial y cobrando coimas. Es interesante viajar con él, nos puede mostrar esa realidad popular que muchas veces olvidamos.

martes, noviembre 06, 2007

Un Viaje Más

Nunca había habido nubes tan aburridas como aquella tarde. Usualmente no había demasiado, pero jamás faltaba alguna forma risueña: un elefante deforme, alguna bota o incluso una palabra con todas sus respectivas letras. El día anterior había sido de los más generosos; parecía que se había agotado el crédito de belleza celestial. Miró un poco más para arriba, y resignado, caminó hasta la parada.

Julián no tenía mucho que hacer por las tardes, y que querían que hiciera, después de todo el era sólo un muchacho que había dejado la facultad. A la mañana, sí, atender el kiosco de Mario lo entretenía. Pero las tardes, para alguien quien no tiene actividades ni gusta de la siesta o de las novelas mexicanas, pueden ser soporíferas. Su único divertimento consistía en tomarse el veintidós, pasear por la Plaza “de la San Miguel”, tomarse una gaseosa (o cerveza, según el caso) y robar alguna billetera.

No era ladrón por necesidad, no. Plata en su casa no sobraba, pero podía darse todos los gustos que sus límites mentales preveían. Tampoco era codicioso; todo aquello que robaba lo gastaba en cosas efímeras, que no podían conservarse, o lo tiraba. Incluso una vez había restituido el dinero, a una víctima que jamás supo que lo había sido.

No, Julián robaba por puro placer. La emoción de saberse impune, el antiguo y omnipresente gozo humano por lo que la cultura nos dice que es prohibido. Cuando corría por las calles, con una billetera ajena en su bolsillo, sentía tanta culpa que el corazón le desbordaba de alegría. Después, más calmado, miraba alrededor al resto de los mortales, con el desdén propio de quien se sabe vil.

Tenía varios métodos, y obviamente, varios escenarios. Pero todos coincidían en su sutileza, en que el robado no supiera del hecho hasta llegar a su morada (Juli gustaba de imaginar la casa de los sorprendidos compañeros de colectivo el descubrir sus chaquetas y carteras vacías). Le parecían indignos de respeto aquellos ladronzuelos que precisaban de la violencia y la fuerza para tener éxito: esos canallas lo hacían por necesidad, él era un artista.

Esa tarde, oprobiosa en su vulgaridad, necesitaba de un buen robo para hacerlo sentir vivo. El veintidós vino, él subió, el chofer arrancó. Era hora de entretenerse.

La víctima, un viejito. Uno de esos tantos, que eran mas viejos de lo que realmente son. Manos arrugadas, ropa sucia y olorosa de varios días; en su cabeza, pelos blancos sin afeitar, dos verrugas grandes, un ojo marrón y otro ciego por alguna enfermedad de ésas que sólo tienen los viejos solitarios y paupérrimos.

Iba durmiendo contra la ventanilla: era una linda postal, y una presa fácil. Se sentó a su lado, y con disimulo, manoteó su flaca billetera, que salía de uno de los bolsillos del saco (bastante hecho pelota, por cierto).

En la parada siguiente, el anciano se despertó bruscamente. Julián dudó por un momento; rápidamente buscó su cara-de-tranquilidad. No hubo nada que temer, el abuelito (quien sabe si tenía nietos, o siquiera hijos) sólo pidió permiso para bajarse. Lo dejó pasar, escondiendo la billetera en su propia campera.

Apenas descendió el viejo, se acomodó en el lugar que éste había dejado vacío. Apoyó la cabeza contra la ventanilla, y empezó a dormitarse. Total, hasta llegar a Colonia Avellaneda faltaban como mínimo veinte minutos.

La polvareda lo despertó. La mole del viejo galpón abandonado de Telecom le anunció que estaba cerca. Agarrándose fieramente del asiento, Julián se levantó conteniendo un bostezo; no era mala idea tratar de dormir unas horas más por día. Se acercó a la puerta de atrás, y presionó la bocina.

Las manos arrugadas le dolían un poco. Se miró en el espejo, y su mueca de horror asustó al niño de ojos oscuros del asiento del fondo. Siguió mirándose: su ropa estaba sucia y olorosa, y en su rostro había pelos blancos sin afeitar, dos verrugas grandes, un ojo marrón y otro ciego por alguna enfermedad de ésas que sólo tienen los viejos solitarios y paupérrimos…

sábado, octubre 13, 2007

Respecto del 12 de octubre

He vuelto a la vida (bah, mi computadora lo ha hecho. Al respecto, perdí mi colección de 2000 temas, así que buena parte de mis días a partir de ahora estarán dedicados a bajar música). Esto pensaba postearlo antes de ayer, pero, en fin...

Hoy es 12 de octubre. Años atrás, este día era recordado como "el día que Colón descubrió América", o como el día de la Raza. Hoy, no se sabe muy bien que nombre darle (el Inadi propone uno bastante correcto, aséptico y bastante estéril, "Día de la Diversidad Cultural Americana"). Tampoco hay acuerdo sobre qué hacer o decir, ni siquiera se sabe bien que pasó.
No obstante, hay algunas cosas sobre las que hay un cierto acuerdo: que Colón (su nombre original nunca se sabrá) llegó a alguna isla caribeña (probablemente Guanahí), acompañado de hombres, en 3 barcos (olvídense de lo de "las tres carabelas", la Santa María era una bruta nao), y que no esperaba encontrarse ESO. Y no mucho más.
Mierda, ni siquiera con la fecha hay acuerdo. Porque, si bien en el calendario del bueno de Cristóbal era 12/10, en nuestro calendario gregoriano sería un 21 de noviembre de pura cepa.
Respecto a "descubrimiento de América", podemos analizarlo de 2 maneras.
Una, la más tradicional (o idiota), es pensarlo como al Civilizado Hombre Blanco llegando a una tierra virgen, poblada por Salvajes Casi-Animales. Desde ese lado, no hubo descubrimiento. América tiene gente viviendo de manera estable desde hace unos 15000 años (mínimo), y a decir verdad, creo que la ciencia azteca le pasaba el trapo a la europea de la época.
Pero veámoslo desde un costado menos emotivo, y más dialéctico. Así como para los europeos América era una cosa totalmente novedosa, para los "indios" también lo era. No, no estoy en pedo, ni intento contradecirme. Pero, vayan a preguntarle a un iroqués o algún selknam de aquellos tiempos, a ver si saben dónde viven. Les van a decir cualquier cosa, menos América. Y muchos menos, claro, esperen que logren reunirse bajo la identidad común de "nativo americano" (ya sé que decir indio es más cómodo, pero recuérdenlo, está mal, un indio de verdad vive en Asia, tiene como prócer a Gandhi, y por lo general es hindú, musulmán, sij o barbudo simplemente).
América fue América cuando se la reconoció como algo diferente, algo nuevo respecto de ese Viejo Mundo. Y viceversa, obviamente. Entonces, desde esa perspectiva, sí hubo descubrimiento de América, en la misma medida en que hubo descubrimiento de Europa.
Esto no debe hacernos olvidar una cosa: esta llegada de los europeos significó muerte. Muchas muertes. 80 millones de mayas, guaraníes, sioux, y otras etnias perdieron el 90% de su población, sus identidades, sus culturas y religiones, su libertad. Pueblos enteros desaparecieron, por la espada, la enfermedad, o el martillo de las minas. Probablemente no haya otro caso de muerte masiva no natural tan violento y sanguinario en la historia universal. Quien quiera calificarlo de genocidio, puede hacerlo, las dimensiones lo hacen entendible.
Pero yo prefiero no hacerlo; genocidio implica un plan consciente, deliberado, de exterminio, y sinceramente, no creo que los españoles desearan la muerte de todos los aborígenes (aunque los ingleses y franceses probablemente sí). Tarde o temprano iba a suceder, y a decir verdad, agradezco que haya sido antes de la invención de las armas de destrucción masiva. Simplemente, maximizaron una característica humana: el desdén por el Otro; o mejor expresado, la ignorancia, y los consecuentes miedo y violencia respecto al Otro.
Porque esa, mis hermanos, es la historia del Hombre: una sucesión de actos guiados por la irracionalidad y la ignorancia, repleta de asesinatos y plena de estupidez. La conquista de América no fue más que un muestrario máximo y a todo color (color de sangre) de tanta tiendita del horror. Asombrosamente, sobrevivimos; esto me confirma: la inteligencia no es necesaria para la supervivencia.
Bebamos una copa en nombre de nuestros nativos, a quienes nuestros antepasados no tuvieron problemas en matar, y a quienes seguimos marginando día a día.

viernes, septiembre 28, 2007

Feel The Power!

El domingo 23 cumplí 2 años de blogger. Algunos ya sabían, creo. Podría aprovechar la oportunidad para hacer un recuento de estos dos últimos, y declarar (con total sinceridad) que lo único que se mantuvo estable en mi vida en este tiempo fue el blog. Pero no lo haré, porque me parece una pedorreada, así que sólo me limitaré a poner el link de mi primer post (ay, se ve tan tierno ahora a lo lejos!) http://blogdelperromanolo.blogspot.com/2005/09/agua.html

La Terminal de Paraná es el sitio donde paso buena parte de mis horas, gracias a la bendita universidad. Este lugarcito del mundo de decididamente pequeño, sucio y feo; por ende, es el símbolo perfecto de la ciudad de Paraná, Capital Internacional de la Inercia (esto me retrotrae a ciertas conversaciones etílicas mantenidas con Mr. Black Eyed Angel, en las cuales cometimos la osadía de comparar a Paraná con Santa Fé, y establecer un paralelo con Ciudad Gótica y Metrópolis, respectivamente; con todas las diferencias posibles, empezando por la inexistencia física de las dos últimas ciudades).

Aún así, mugrienta y decididamente antiestética, esa Terminal me inspira. Aún cuando no lo aparente, soy un tipo muy observador, y esos minutos muertos esperando el Fluviales o el Etacer (para los extranjeros: las dos empresas de colectivos que surcan el Túnel Subfluvial) son la oportunidad perfecta para jugar al analista social: sobra la gente que viene y que va.

Algunos rostros me resultan bastante familiares a esta altura: el Guardia de Seguridad que lo único que hace es fumar y mirar la novela por el televisor; el Tipo Que Te Pone Los Bolsos En El Colectivo, simpático desdentado; la Kiosquera Que Siempre Da Cambio, y varios personajes más. También estamos los de siempre, gente de Paraná que estudia, o trabaja, o tiene pareja en Santa Fé (y viceversa, aunque no me lo crean).

Pero frente a ese grupo más o menos estable, están los Otros. Los que no suelen andar en colectivos, los que no están acostumbrados a moverse de su ciudad todos los días. Es fácil reconocerlos: el rostro algo desencajado, como perdidos, las manos inquietas, el boleto en una mano y una gran valija en la otra. No les gusta la sensación de la espera, y no ven la hora de que llegue el condenado ómnibus para poder acomodarse en paz. Suelen acercarse a la gente, y preguntar incansablemente, a quien sea, “si por acá sale el que va para Buenos Aires”.

Esta gente que no entiende nada, para ser sinceros, me hace sentir bien conmigo mismo. Me gusta pensar en ellos como “neófitos” (más que nada, porque me gusta como suena la palabra, aunque de acuerdo al diccionario no sea la más indicada). Los veo, inseguros y despistados, y sonrío soberbiamente para mis adentros.

Es un ejemplo mínimo, pero que ilustra una cuestión: esa bendita sensación de poder. En este caso, el poder del conocimiento, el poder de saber que sé aquello que ellos no.

El poder, o mejor dicho, el sentirme poderoso (hablaré solo en plural; no quiero universalizar conceptos, aunque sospecho que no estoy tan solo) produce en mí placer como pocas cosas en este mundo (no deben ser más de tres, y dos de ellas son gritar un gol de la lepra, y el sexo).

Claro que hablar de El Poder, a secas, es un error. El poder se puede manifestar como en mi caso, como poder del conocimiento. Pero también puede ser un poder político, o económico, o incluso fisiológico. También varía en cuanto a su magnitud: no es lo mismo un estudiante de historia sintiéndose cómodo por estar acostumbrado a viajar en cole, que el presidente de una potencia decidiendo si borra una ciudad de un bombazo. Puede ser individual, o en algunos casos, algunos individuos deciden juntarse y asociarse a fin de potenciar sus capacidades (teóricamente, el mejor ejemplo sería el Estado, aunque este hace rato que entró en crisis). Pero en todas esas situaciones, sí hay algo en común, y es el hecho de saber que se puede interferir (en cualquier dirección y forma) sobre la vida de algún Otro, aún de una forma mínima.

En mi caso, existe un marcado desprecio hacia el poder conseguido mediante al esfuerzo, al sacrificio, y, obviamente, una admiración hacia el poder por habilidad, por ingenio. ¿Porqué? Porque, pongamos, cualquiera tiene ciertas posibilidades de conseguir dinero si trabaja como un marrano y tiene una suficiente dosis de suerte. En cambio, para pintar un Guernica o escribir un Aleph, y ser respetados y admirados como Picasso y Borges, hacen falta elementos totalmente distintos. Hoy en día, con tanta “moral de rebaño” (al decir del Fede Nietzsche) dando vueltas, se valora en exceso el poder por sacrificio. Pues a mí me molesta, así que si tienen una historia de “Josecito, mi primo, el huerfanito, que es medio ciego y medio sordo, y se crió en Villa Sífilis, pero se rompió el culo y hoy es profesor en Cambridge”, guárdensela.

Hay una sola excepción en mi relación al poder, y también está en relación al conocimiento: hay veces que me gusta sentirme absolutamente perdido, sentir que no identifico a nada ni nadie (el alcohol puede ser muy útil para estas cosas). Pero son muy pocas veces las que me pasa.

Por eso, les digo: si alguien se anima a acercarse a mi morada, seré su orgulloso guía. Pregunten nomás. ¡Vamos, que tienen que alimentar mis esperanzas dictatoriales!

Pequeñas Anecdotillas Al Margen Sobre Mí (algunas de ellas, horrendamente vergonzosas):

  • Cuando tenía 11 años, me compré un casette de Shakira
  • Soy disléxico
  • Recién ayer me enteré de la muerte de Elliott Smith
  • En la facultad me tienen podrido con el Modo de Producción Asiático
  • Son Cosas Mías! Es mi blog del momento
  • Me río como bestia con Chris Cocker

miércoles, septiembre 19, 2007

Relleno, relleno...

(Post completamente de relleno, para que no muera el blog. Pero por circunstancias que no vienen al caso, ando choto).
Esto es lo es que soy, una madrugada de domingo 16 de septiembre, con 19 años, solo en Rosario:
  • Sociopolíticamente, nihilista.
  • Culturalmente, elitista (excepto contadas excepciones)
  • Corporalmente, anémico
  • Muscularmente, destruido
  • Emocionalmente, inestable (pero un poco asqueado)
  • Espiritualmente, incrédulo
  • Territorialmente, movedizo
  • Térmicamente, movedizo
  • Alimenticiamente, snob
  • Académicamente, perezoso
  • Intelectualmente, engreído
  • Sexualmente, experimentador
  • Etílicamente, resistente
  • Sinceramente, falso (suena a frase de Arjona, pero es cierto)
  • Bestialmente, rompebolas
  • Decididamente, iluso (mal que me pese)
  • Creativamente, en declive
  • Cronológicamente, mal situado
  • Sentimentalmente, perdido (en cualquiera acepción)
  • Futbolísticamente, leproso
Y no tengo idea de donde caerme muerto. Y ahora, si alguien lee esto, haga su propia lista en el comentario.

jueves, septiembre 06, 2007

Locuritas

Una, dos pisadas, y medio paso más. Mi pie no debe tocar jamás la línea divisoria entre un mosaico y otro. De hacerlo, mi mente me dice que me arriesgo a sufrir un sinfín de desventuras. También me dice que prender un número impar de focos hará que mi vida se convierta en un infierno, o que ver un partido de Newell’s sin la camiseta puesta hará que la lepra, indefectiblemente, sufra una catastrófica goleada (ni que hablar si grito el primer gol, aún si es en una final de Copa Libertadores, contra Central y en el minuto 92’ de un 0 a 0).

No recuerdo el porqué de mi primera obsesión; de hecho, tampoco me acuerdo cual fue. Pero lo cierto es que fue el inicio de una larga cadena de pequeñas manías. Todo mi racionalismo puede irse al diablo frente a estas situaciones, y demuestra al mundo (o al menos, a mí mismo) que, pese a toda mi apariencia de hombrecito lógico, dentro de mí subsiste una gran porción de pensamiento mágico.

Muchos podrán, o querrán catalogar a mis obsesiones con el título de simples supersticiones de un tipo nervioso y algo misántropo. La verdad es que pueden llegar a afectar mi humor de manera notable (aunque de un tanto inexplicable, a los ojos de los demás).

No quisiera que supongan que, efectivamente, tengo fe en ellas. Sé muy bien que por mucha línea de senda peatonal que (no) cruce, no voy a aprobar Historia Americana I si no estudio, y soy consciente de que si abro los ojos en mi primer beso con alguien, no va a ser tan difícil volver a ver a esa persona.

Pero necesito de estos símbolos de control sobre mi porvenir, algunas veces, desesperadamente (¡más de una vez, los parroquianos de algún bar han tenido que soportar los nauseabundos olores de mi rojinegra camiseta, ya que después de usarla para jugar un picado me olvidé de lavarla!). Algo en mi inconsciente más profundo quiere creer, que de alguna manera, puedo modificar mi destino (mi falta de creencia en “El Destino”, será motivo de otro post. O no, si quieren seriedades filosóficas léanlo a Heidegger y no me rompan).

Y vos, sagaz lector, ¿Qué pelotudeces cabuleras tenés?.

martes, agosto 28, 2007

Confesiones del pasado.

No va a faltar quien me remarque lo horrendo de mi crimen, y el hecho es que, lo que hice está realmente mal. No intento justificarme, ni mucho menos, presentarme como un tierno corderito (¡vaya paradoja sería!), tantos años de aislamiento provocaron que mi vida se transformara en un único acto de cinismo. Por si no te diste cuenta de quién soy, querido lector, te lo aclaro: yo soy Caín, el primer hijo del Hombre. Y el primer asesino.

Si analizamos un poco a mis ancestros (tarea por demás fácil), veremos que ellos tampoco fueron unos santos, precisamente. No eran malos, no. Pero eran humanos, y por ende, lo suficientemente pelotudos como para creerle al Diablo. Eran una pareja feliz, hasta que los expulsaron del Paraíso: desde entonces, todo fue de mal en peor. Mamá se convirtió en una mujer resentida que se pasaba todo el día gritando, y papá, para abstraerse, se iba todo el día de cacería.

Hasta que un día, Eva se embarazó. No entendían muy bien de qué iba la cosa, y en esa época todavía no existían los cursos de preparto. Nací gordo, peludo y morochón. Adán desconfió un poco al principio: no entendía como carajo le había salido tan fiero.

Los primeros años de mi vida los pasé bastante bien. Papá decía que no era lo suficientemente mayor como para salir a mamar mamuts con él, así que me quedaba en la cueva con mami; a lo sumo, la acompañaba a juntar bayas y raíces.

Pero un día todo cambió. Yo había salido a inventar el fuego (papá decía que eran cosas al pedo, que quién mierda iba a querer comer carne cocida). Cuando volví, me cayeron con la noticia de que Eva estaba embarazada. Yo lo sospechaba, me resultaba raro que la vieja hubiera engordado tanto de golpe. Un par de meses después, nació él.

Rubio, hermoso, unos ojos verdes que se camuflaban con un día de primavera. Flaco, pero con músculos. Mamá lo mimaba todo el día, y papá le traía siempre alguna cosita nueva. Encima hasta nombre lindo le pusieron: Abel. Y la verdad es que al principio lo quería, lo quería mucho. Un poco boludo el pendejo, pero buen tipo, che.

El tiempo pasaba rápido, todos crecíamos/envejecíamos. Abel pronto fue más alto y fuerte que yo; papá nos empezó a llevar de cacería, aunque sospecho que a mí me llevaba por guardar las apariencias nomás. Nunca tuve demasiada puntería con la lanza. Obteníamos bastante más carne con mis trampas, pero cada vez que Abel venía enchastrado en sangre aunque fuera con el más minúsculo venado, en casa había fiesta.

Abel, Abel, Abel. El nombre me empezó a rondar a toda hora. De día, tenía que soportar las críticas de papá y mamá, y el pánfilo que se me reía cada vez que yo hacía algo mal. Y de noche, los sueños eran atormentadores, porque veía su rostro todo el tiempo.

Algunas veces, tenía ciertos consuelos. Inventaba cosas, cada vez más cosas; y sin ser soberbio, puedo decir que el más inteligente era yo. Pero eran cosas que valoraba yo nomás, mi familia (y todos nuestros descendientes) siempre fue más adicta a admirar el músculo y la fuerza bruta que la sutileza. Yo masticaba bronca, pero la controlaba.

Más llegó aquella jornada fatídica. Yo estaba en mi granjita, cuidando mis calabazas. De golpe sentí un estruendo monumental, el cielo se aclaró con una luz cegadora y una voz poderosa me empezó a hablar. Dios era bastante proclive a hacerse ver en esas épocas, así que mucho me inmutó. La cosa es que el barba quería que le hiciéramos un sacrificio. La idea me gustaba, Dios me caía bastante bien.

Junté mis mejores frutas y verduras, las lavé, las puse en mi canastita decorada con flores perfumadas, y partí. Me había puesto la mejor de mis ropas, y dentro de mi fealdad, mi aspecto era el mejor posible. Hice todo como se me había sido pedido, y esperé. Un rato después, cayó Abel. Me hizo un chiste relativo a mi sexualidad (el decía que eso de andar comiendo naranjas era de puto), que preferí ignorar. El había traído un cordero maltrecho y medio famélico, y la verdad es que tenía un olor a chivo que espantaba.

Y en eso aparece Dios de vuelta, rodeado de un ejército de ángeles con trompetas doradas (y sí, cuando el kía quiere dar espectáculo...). Nos mira a los dos, y sin dudar dos segundos, nos dice:
"Abel, eres tú mi hijo predilecto". Consternado, traté de entender, le quise preguntar porqué lo prefería a él. Me dijo que era porque Abel me amaba con su corazón, y yo con la mente. Pero la puta que te parió, viejo de mierda, o sea que el forro puede rascarse el culo y mearte la casa, pero como te ama de corazón, ¡ está todo bien!.

Yahvé se fue enseguida, así como vino. Abel me miró con su cara de niño bonito y sobrador. Amigo, te juro que cuando le clavé el puñal en el corazón ni me dí cuenta.

jueves, agosto 23, 2007

Un Paseo Debajo De Las Nubes

Anochece en Paraná, y empieza a hacer un poco de frío. El Estudiante del Profesorado de Historia (a partir de ahora, simplemente “El Estudiante”) se acaba de bajar del colectivo que viene de Santa Fe. Cansado, agobiado intelectualmente, sólo desea llegar a su casa, saciar su estómago, y encontrar algún objeto sobre el que pueda reposar en forma horizontal.

Remonta la dura subida de Avenida Ramírez a duras penas, haciendo un esfuerzo heroico en cada paso. Dobla por Deán J. Álvarez, que por gracia de Dios, es cuesta abajo. Allí, está, verde y un tanto oxidada, la parada del colectivo.

El Estudiante se sienta en uno de los mini-banquitos de algo similar al acero, y espera. El chicle que alguien dejó pegado en el asiento, sólo será descubierto (improperios mediante) al otro día.

El tiempo pasa. 5, 10, 15 minutos. Nada, ni el más mínimo atisbo del autobús. La gente que espera (porque, que se sepa, El Estudiante no es el único en la parada) se empieza a inquietar un tanto. No falta quien injuria a la empresa, e incluso alguno planea actividades terroristas.

Luego de unos 20 minutos, aparece Él. El Estudiante no puede evitar emitir una mueca de felicidad. Se lo ve a lo lejos, casi como asomando la nariz. Su figura roja, y el bendito cartel: “22 – Ramal La Loma”. El Estudiante observa que no hay otro mejor color que el rojo para el ómnibus, y supone que el otro único número aparte de el 22 (que si recordamos, en el mundo quinielero es “el loco”), digno de ser usado en esa línea sería el 666.

Entre protestas de ancianos airosos y madres de familia obesas, El Estudiante logra ingresar. Mientras pone la tarjeta, otea en el horizonte, buscando algún asiento vacío. Descubre que el único disponible es el más próximo a la puerta delantera. Con gran alivio, deposita sus asentaderas con un estrépito propio de un mamut.

Dura poco la alegría del Estudiante. En la parada siguiente, la del Hipódromo, sube una figura típica del mundo del colectivo: La Señora con su Niño No Tan Bebé. Este individuo, despreciable por demás, es capaz de las más bajas acciones con tal de conseguirse un asiento vacío. Si no está embarazada, recurre al primer niño de escasa edad que encuentra, aún cuando (como en este caso en particular) el infante en cuestión ya tenga unos cuantos años, y uno le encuentre incluso cierto parecido físico con el 2 de Chacarita. Con mala cara, nuestro héroe se irgue fastidiado.

Ahora bien, esta vil representante de la ruindad humana no ingresó sola, claro que no. Detrás de ella, ingresó toda su prole, y algunos miembros familiares más. Así, El Estudiante ve como este grupo de humanoides empieza a llenar el aire con sus guturales sonidos, y sus comentarios acerca del último show de Pibes Chorros. Intentando negar la realidad, nuestro protagonista enciende su reproductor de mp3, pero ni siquiera la voz del mismísimo David Gahan a todo volumen logra evitar que a sus oídos ingresen esos nefastos ruidos simiescos.

Dos paradas más, y el colectivo se llena, provocando que haga su aparición activa el jefe del móvil popular: El Colectivero Insultador. Este hombre, de unos 40 años, canoso (pero también con cierta calvicie), con su camisa celeste y toda transpirada afuera del pantalón, no tiene el más mínimo reparo de utilizar cuanta injuria inventada por el hombre exista, para lograr que los pasajeros se amontonen en el fondo, liberando así espacio para más pasajeros.

El colectivo intenta arrancar, pero, oh maldita fortuna, el motor decide entrar en huelga. “Todos Abajo”, es la orden del chofer. La masa humana desciende, y las quejas no se hacen esperar, nuevamente. Para colmo de males, esa estación se encuentra ubicada en una zona un tanto conflictiva. Un par de focos maltrechos sólo hacen más lúgubre la situación, y ciertos rostros de aspecto de “recién salí de la cárcel, y tengo ganas de entrar de vuelta”, hacen que El Estudiante se sienta un tanto amenazado, y llegue a jurarle a Mahoma una mezquita más fastuosa que la de La Meca si llega a salir vivo de allí.

Afortunadamente, el colectivo “de reemplazo” no tarda mucho en llegar. Pero toda solución, tiene su problema. Este carruaje viene tan cargado como el que se acaba de romper. Por lo tanto, la situación se torna un tanto complicada. Todavía más, si.

Contorsionando su cuerpo a la manera del más digno yogui hindú, El Estudiante logra posicionarse dentro del espacio físico del carromato.

Pero lo hace con tanta mala suerte, que se pone por delante de Laurita. Laurita rozará los 35 años, usa minifalda y tacos altos, y El Estudiante supone que su antiguo nombre era Roberto. Efectivamente, Laurita es físicamente similar a lo que pasaría si el pilar de los All Blacks decidiera vestirse de mujer. Con cierto miedo por su upite, nuestro actor principal cierra los ojos, y trata de evitar el contacto físico con su compañero/a (la clasificación, a cuenta del lector) de viaje, y rogando porque éste le permita mantener la virginidad anal.

Casi todos los sentidos de El Estudiante se ven invadidos de alguna manera. El paisaje, desolador, repleto de fábricas abandonadas y villas miseria en rampante progreso. Por los oídos, ingresan sonidos mezclados de El Nene que Llora (siempre hay algún niño que decide canalizar su enojo y/o frustración en público; maldito exhibicionista), el que decide mostrar a su compañero de asiento el último ringtong (inspirado en algún tema de Los Palmeras) que bajó a su celular y las puteadas de los otros conductores hacia el escasamente simpático chofer.

En cuanto al tacto, cada persona que decide bajar, provoca una marea humana, en la que no faltan apoyadas, toqueteos, pisotones, codazos, puñetazos y hasta la grulla de Karate Kid (esto por lo general, deriva en agrias discusiones, por parte de quien recibió la caricia en la zona de los glúteos o de quien sufrió el pisotón de alguna bota policial). Si a esto le sumamos los numerosos baches y frenadas, se concluye que el viajar en el 22 es casi un deporte de riesgo.

Pero, sin dudas, el sentido que se ve más groseramente atacado es el del olfato. Numerosos obreros absolutamente chivados, gente que la última vez que se mojó con agua fue cuando lo bautizaron, cierto tufillo maloliente que ingresa por las ventanillas (que, obviamente, están rotas; en pleno invierno, claro), y los numerosos flatos obsequiados por la multitud (a juzgar por el calibre de algunos, sus emisores parecieran haber pasado a mejor vida), hacen que la nariz de El Estudiante, termine directamente por insensibilizarse aún más que la nariz de Maradona.

Finalmente, el colectivo pareciera ir llegando a destino. Poco a poco se ha ido vaciando de gente, y en un giro irónico del destino, un asiento queda vacío una parada antes de que El Estudiante baje. El muchacho, elementalmente, dedica un “la puta que lo parió”.

Desciende, no sin antes sentir cierto escalofrío frente a los 4 Muchachos del Fondo. Inexorablemente, todos los colectivos 22, poseen en el fondo un grupejo de 4 muchachones con unos rostros semejantes a Hannibal Lecter luego de bardearse con la barra de Nueva Chicago.

Cuando llega a su casa, El Estudiante es feliz de haberse bajado. Pero también de haberse subido. Que sería del mundo si él no encontrara su inspiración allí, en ese vehículo tan sudaca.